
Las cinco fases del modelo ADDIE caben en una línea: análisis, diseño, desarrollo, implementación y evaluación. Esa parte está resuelta en todas partes y no hace falta un artículo para conseguirla.
Lo que casi ninguna explicación dice es cuándo termina cada fase. Y una fase de diseño instruccional no termina cuando el equipo entendió algo: termina cuando alguien entrega un documento, otra persona lo firma y queda archivado en un sitio donde se puede buscar seis meses después. Sin ese corte, el ADDIE se convierte en un diagrama bonito en una presentación mientras el curso se arma como siempre se armó.
Este artículo va por ahí: qué entrega cada fase, quién la cierra, y un ejemplo completo de un curso de inducción recorrido de principio a fin, con los objetivos redactados y la evaluación de cada uno.
ADDIE es un acrónimo que ordena el trabajo de diseño instruccional en cinco fases: Análisis, Diseño, Desarrollo, Implementación y Evaluación. No es una metodología de enseñanza ni un formato de curso: es la secuencia de decisiones que hay que tomar, y en qué orden, antes de que alguien grabe el primer video.
Sirve para una cosa concreta: evitar que un curso se diseñe desde el contenido disponible en vez de desde el problema que hay que resolver. El orden del ADDIE obliga a preguntar «qué está fallando» antes de «qué vamos a enseñar», y eso cambia el curso que sale.
Conviene decir también para qué no sirve. ADDIE no arregla un problema que no sea de capacitación. Si el ingreso nuevo tarda tres semanas en tener accesos a los sistemas, ningún curso lo soluciona, y la fase de análisis existe precisamente para detectarlo y devolver ese trabajo a quien le corresponde.
Esta es la pregunta más repetida sobre el modelo y tiene una respuesta incómoda: no existe un autor ni un documento original del ADDIE. Michael Molenda lo investigó y lo publicó en 2003 en Performance Improvement, en un artículo titulado «In search of the elusive ADDIE model». Contactó a unas veinte personas que podían ser el origen del término y todas dijeron que no lo habían inventado. Su conclusión es que el origen del nombre es desconocido y que ADDIE no es un modelo elaborado, sino un término paraguas para una familia de procesos de diseño instruccional sistemático.
Lo que sí existe es el antecedente. A mediados de los años setenta, el Center for Educational Technology de la Florida State University desarrolló para una rama del Ejército de Estados Unidos lo que se conoció como IPISD. Tenía cinco encabezados, y conviene mirarlos con atención: analyze, design, develop, implement y control. La quinta fase no era «evaluar»: era «controlar». Molenda hace notar que los usuarios de ese procedimiento lo llamaban IPISD y nunca ADDIE, así que tampoco es el origen del acrónimo.
Dos consecuencias prácticas de esto. La primera es que cuando dos fuentes describen el ADDIE distinto, ninguna está equivocada: no hay un canon contra el que compararlas. La segunda es que la versión lineal del modelo, la de la cascada donde una fase no empieza hasta que la anterior acaba, es una herencia de un procedimiento militar de hace cincuenta años, no una exigencia del modelo. Hoy nadie trabaja así, y más abajo está el motivo.
El orden importa, pero el entregable importa más. Esta es la secuencia con el corte de cada fase:

La fase de análisis responde tres preguntas: qué está fallando hoy, a quién le está fallando y cuál de esas fallas se puede resolver enseñando algo. La tercera es la que se salta todo el mundo.
Casi siempre, lo que llega como «falta capacitación» son tres problemas distintos mezclados: uno de información, que sí se resuelve con contenido; uno de proceso, que se resuelve cambiando el proceso; y uno de gestión, que se resuelve con la jefatura directa. Si el curso intenta cargar con los tres, fracasa en los tres. La herramienta formal para esta fase es la detección de necesidades de capacitación, que es lo que convierte una queja en un diagnóstico con evidencia.
Entregable: una hoja de alcance de una página que dice qué va a resolver el curso, qué no, y quién se queda con lo que no.
Cierra cuando: el área que pidió la capacitación firma esa hoja. Ese es el único momento del proyecto en que se puede decir «eso no es un curso» sin que suene a excusa.
En la fase de diseño se decide qué va a ser capaz de hacer la persona al terminar, en qué orden lo va a aprender y cómo se va a comprobar. Las tres cosas se escriben juntas, porque el verbo del objetivo decide la evaluación: un objetivo que dice «identifica» se evalúa con un reactivo de selección, y uno que dice «redacta» no se puede evaluar con un cuestionario de opción múltiple por mucho que se intente.
Ahí está el error más caro del diseño instruccional, y es un error que no se nota hasta el final: objetivos escritos con verbos de acción y evaluaciones escritas con preguntas de memoria. Vale la pena detenerse en cómo redactar objetivos de aprendizaje antes de escribir el primero, porque el resto de las fases hereda lo que se decida aquí.
Entregable: la carta descriptiva: módulos, objetivos, duración, actividades, recursos y el instrumento de evaluación de cada objetivo.
Cierra cuando: quien va a dictar o revisar el contenido acepta esa carta. No antes, porque el desarrollo cuesta dinero y rehacerlo cuesta el doble.
Desarrollo es la fase que la gente cree que es todo el proyecto: grabar, escribir, diagramar, armar los cuestionarios. Se vuelve manejable cuando se acepta una regla: el formato se elige por objetivo, no por curso. Un módulo cuyo objetivo es reconocer categorías funciona en microvideos cortos; uno cuyo objetivo es redactar algo necesita una plantilla y dos ejemplos reales; uno cuyo objetivo es operar un sistema necesita una grabación de pantalla de ese sistema, no una animación.
La segunda regla es menos cómoda: lo que se produce en esta fase se produce dos veces. Una versión piloto, que recorren tres personas del público real, y la versión final. Saltarse el piloto no ahorra tiempo, lo mueve: los errores aparecen igual, pero después, con cuarenta personas dentro y la credibilidad del curso gastada. Para el diseño de los instrumentos, qué evaluar con quiz, con simulación o con examen resuelve la mayoría de las dudas de formato.
Entregable: el contenido y los instrumentos cargados en la plataforma, con el piloto ya corregido.
Cierra cuando: quien revisó el piloto da el visto bueno a la versión final.
Implementar no es publicar el curso. Es publicarlo, decidir quién entra y cuándo, dejar configurado qué pasa al aprobarlo y —esta es la parte que se olvida— avisarle a la jefatura directa de cada participante que el curso existe y qué se espera de su equipo.
La implementación falla casi siempre por lo mismo: el curso está impecable, está asignado, y el jefe directo no sabe que existe, así que el participante elige entre el curso y el trabajo. Elige el trabajo. Las decisiones operativas de esta fase son tres: la estructura de grupos, roles y permisos que determina quién ve qué; el orden en que se habilitan los contenidos, que es lo que define la ruta de aprendizaje; y la emisión de certificados automáticos al cumplir el criterio de aprobación.
Entregable: el curso publicado, con su regla de inscripción, su criterio de aprobación y el aviso enviado a las jefaturas.
Cierra cuando: el primer grupo está dentro y el aviso salió.
Aquí se separan dos cosas que suelen ir juntas y no son lo mismo. Lo que el curso enseñó se mide dentro del curso: resultados de las evaluaciones, dónde se atasca la gente, qué reactivo falla todo el mundo. Lo que cambió en el trabajo se mide fuera, y con la métrica que nombró la fase de análisis, no con la tasa de finalización.
Esa es la prueba de fuego del ADDIE bien hecho: si al llegar a la evaluación nadie sabe qué número mirar, es que la hoja de alcance de la fase 1 nunca existió de verdad. Para el nivel de dentro sirven los indicadores de aprendizaje; para el de fuera, cómo medir resultados y retorno de la capacitación.
Entregable: un reporte con la métrica comprometida en el análisis y una decisión explícita: el curso se mantiene, se corrige o se retira.
Cierra cuando: lo firma la misma persona que firmó la hoja de alcance. Es la única forma de que el ciclo cierre donde abrió.
Esta es la tabla que convierte el ADDIE en algo auditable. Si una fila está vacía, esa fase no terminó, por mucho que el cronograma diga que sí.

Nótese la última fila: quien firma el reporte final es quien firmó la hoja de alcance. No es un formalismo. Es lo que impide que un curso se declare exitoso por su tasa de finalización ante alguien que nunca dijo qué problema había que resolver.
La teoría del ADDIE se entiende en cinco minutos y no se aprende hasta verla aplicada a un caso con nombres y números. Este es uno completo, de una empresa de servicios con unos cuarenta ingresos al año y un problema declarado así: «los nuevos asesores tardan demasiado en ser productivos».
El diagnóstico encontró tres cosas distintas debajo de esa frase:
El curso se quedó con el primer punto. Eso redujo su alcance a una tercera parte de lo que se había pedido, y es exactamente por eso que funcionó. La hoja de alcance comprometió una métrica: reclamos escalados al área equivocada durante el primer mes del asesor. Si el proceso de inducción completo es el marco, este curso es una pieza de ese marco, no su reemplazo.
Tres módulos, tres objetivos, y al lado de cada uno cómo se comprueba:
Tres verbos distintos, tres instrumentos distintos. Esa correspondencia es todo el oficio de la fase de diseño.

El módulo 1 salió como cuatro videos cortos con la tabla de áreas en pantalla, porque reconocer categorías se entrena repitiendo, no escuchando. El módulo 2 no llevó video: una plantilla descargable y dos respuestas reales anotadas, una buena y una mala. El módulo 3 fue una grabación de pantalla del sistema de tickets de la empresa, sin edición. El piloto con tres asesores recién ingresados devolvió una sola corrección, y fue importante: en el módulo 1 faltaba el caso de los reclamos que corresponden a dos áreas a la vez, que resultó ser el más frecuente de todos.
Un grupo por mes de ingreso, el curso asignado el primer día con los tres módulos abiertos en orden, el criterio de aprobación en los tres instrumentos aprobados, y certificado automático al completarlo. El correo a las cinco jefaturas decía dos cosas: que el curso dura dos horas y media, y que esas dos horas y media son horas de trabajo, no tiempo que el asesor tiene que encontrar.
Dentro del curso se revisó qué reactivo fallaba más, y fue el de los reclamos de doble área, otra vez. Fuera del curso se midió lo comprometido: reclamos escalados al área equivocada en el primer mes de cada asesor, comparado con los grupos anteriores al curso. La decisión del reporte fue «se mantiene, con una corrección en el módulo 1», y la firmó la misma gerencia que había firmado la hoja de alcance en la fase 1.
Un detalle que vale más que el ejemplo entero: las dos cosas que más mejoraron el resultado no fueron de contenido. Fueron haber sacado dos tercios del alcance en la fase 1, y la frase del correo de la fase 4 sobre las horas de trabajo.
Conviene ser preciso con esto, porque la ayuda real está concentrada en dos fases y en las otras tres es casi nula.

El resumen es que la inteligencia artificial acelera mucho el diseño y el desarrollo —redactar borradores de objetivos, generar distractores de un reactivo, convertir un procedimiento escrito en guion, proponer una estructura de módulos— y no toca el análisis ni la evaluación. No los toca por una razón de fondo: lo que está roto en una empresa concreta no está escrito en ningún texto que un modelo haya leído. Sale de hablar con la gente, de mirar los datos de la operación y de decidir qué no es un problema de capacitación. Y esas son justamente las dos fases que deciden si el curso sirvió para algo.
Dicho de otro modo: la inteligencia artificial puede escribirte el curso. No puede decirte si hacía falta.
ADDIE no es el único modelo de diseño instruccional, y presentarlo como tal es la forma más rápida de quedarse con el peor de los cuatro para el proyecto que se tiene entre manos.

Y una observación honesta: casi todo el mundo que dice usar ADDIE en realidad usa ADDIE con prototipos, que es más o menos SAM. El modelo lineal puro, donde el diseño se cierra entero antes de producir una sola pantalla, es raro de ver en la práctica y conviene no sentirse en falta por no seguirlo.
Cuando el primer curso sale y el reporte de la fase 5 está firmado, aparece una pregunta que el ADDIE no contempla porque está diseñado para un curso a la vez: qué pasa con el segundo, y con el séptimo. Casi todo el mundo descubre a esa altura que el problema ya no es diseñar un curso bien, sino que los cursos de un año convivan en un orden que alguien pueda explicar. Eso es un programa de capacitación, y se diseña con una lógica distinta: por brechas de la organización, no por temas disponibles. Quien monta tres cursos sin esa vista termina con tres cursos que se repiten entre sí.
La segunda pregunta llega por el lado de la gente, no del contenido. El ADDIE te dice qué debe saber hacer alguien al terminar un curso, pero no de dónde sacas la lista de lo que tiene que saber hacer en su puesto. Esa lista es una matriz de habilidades y competencias, y tenerla antes del análisis cambia la fase 1 por completo: en vez de preguntar qué está fallando, se compara lo que el puesto exige con lo que la persona demuestra, y la brecha ya es el objetivo del curso.
Y hay un tercer frente que suele llegar como sorpresa desagradable. En México, varias de las cosas que el ADDIE trata como decisiones de diseño —qué se capacita, a quién, con qué constancia y cómo se registra— están reguladas, y el formato que la autoridad espera no es la carta descriptiva. Si la capacitación es de personal en México, conviene mirar qué es el DC-3 y cómo se llena antes de cerrar la fase de diseño, porque los datos que ese formato pide hay que decidirlos en la fase 2 y no al final.
Es un ordenamiento del trabajo de diseño instruccional en cinco fases —análisis, diseño, desarrollo, implementación y evaluación— que sirve para que un curso se diseñe desde el problema a resolver y no desde el contenido que ya se tiene a mano. Su aporte práctico es obligar a que cada fase entregue un documento firmado antes de pasar a la siguiente.
Nadie identificable. Michael Molenda lo investigó en 2003 y concluyó que el origen del término es desconocido y que no existe un modelo original ni un documento fundador: es un término paraguas para una familia de procesos. El antecedente más cercano es el IPISD desarrollado por la Florida State University para el Ejército de Estados Unidos a mediados de los setenta, cuya quinta fase era «controlar», no «evaluar».
Sí: el curso de inducción de este artículo, recorrido fase por fase, está más arriba. En resumen, el análisis descubrió que dos de los tres problemas no eran de capacitación y los devolvió; el diseño produjo tres objetivos con tres instrumentos de evaluación distintos; el desarrollo eligió el formato de cada módulo según el verbo de su objetivo; la implementación avisó a las jefaturas que las horas del curso eran horas de trabajo; y la evaluación midió el número comprometido en la fase 1, no la tasa de finalización.
Depende del alcance, y la variable que más lo mueve no es la cantidad de contenido sino cuántas personas tienen que firmar. Un curso corto de tres módulos con un solo responsable de área se recorre en semanas. El mismo curso con tres áreas que deben aprobar la hoja de alcance toma meses, y casi todo ese tiempo se va en la fase 1.
No, y la versión lineal estricta es una herencia del procedimiento militar de los setenta, no una exigencia del modelo. Lo que no conviene saltarse es el entregable de cada fase: se puede volver del desarrollo al diseño, pero no se puede desarrollar sin carta descriptiva ni evaluar sin haber comprometido una métrica en el análisis.
Sirve, con una traducción. La fase 1 deja de ser detección de necesidades internas y pasa a ser investigación de la audiencia y de lo que ya está disponible gratis; la hoja de alcance se convierte en la promesa del curso; y la métrica de la fase 5 es la tasa de finalización real y las reseñas, que para un curso a la venta sí son el resultado del negocio.
Las fases 1 y 2 se hacen en documentos y en conversaciones. Las fases 3, 4 y 5 se hacen en la plataforma: ahí se carga el contenido, se construyen los instrumentos de evaluación, se decide quién entra y cuándo, se emiten los certificados y se lee lo que pasó. Sabionet es una plataforma SaaS que cubre ese tramo completo —contenido, rutas, evaluaciones, grupos y reportes— en un solo lugar, con tu marca y tu dominio.
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